Un pecado goloso en la bodega Santa Petronila

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Escrito por: Almudena de Arteaga
Publicado en: Expansión y El Mundo, 2020.

Dicen los lugareños que es la bodega más pequeña de Jerez. Que, nacida como la mayoría de sus congéneres, en los aledaños de la campiña hace más de tres siglos, prefirió no crecer con el devenir de los tiempos para poder seguir conservando la esencia de sus tradicionales vinos y así imitar a las selectas fragancias guardando en pequeñas barricas de roble a modo de preciosos perfumeros sus inimitables líquidos. No soy enóloga y mucho menos sommelier, pero realmente buenos deben de ser cuando tienen 90, 91 y 92 puntos Parker y una de sus hermanas mayores, la bodega de González Byass, le compra la mayor parte de su producción.

Sus dueños son el matrimonio Brita Hektoen y Agustín Benjumeda, una noruega cuasi española y un sevillano de pro, que desde que compraron aquellas 17 hectáreas hace 11 años quisieron hacer de esta propiedad al pie del pago Marcharnudo su ilusión, mejorando su selecta bodega y reconstruyendo el acogedor cortijo para que fuese capaz de albergar hasta 22 buscadores de encantos vitivinícolas. Hoy en día pueden presumir de haber sido los impulsores del enoturismo en la zona de la campiña jerezana. Un sueño hecho realidad que comparten con todo aquel que quiera visitarles enseñándoles la evolución de sus frutos desde que penden de las ramas de esas cepas viejas que con tanto esmero cuidan, hasta que, ya hecha la uva insigne líquido, se sirve en la copa pasando por su previa cosecha a mano, la pisa nocturna en el lagar y su envejecimiento en las barricas de roble a la manera tradicional.

Terminado este tránsito y ya en la bodega uno a uno fuimos catando sus caldos. Daba igual lo que probásemos, fino en rama, amontillado, oloroso o Pedro Ximénez; cuando el vino se filtraba por cada una de nuestras papilas gustativas fuimos experimentando un placer difícil de emular. Después de aquella experiencia, catavino en mano, salimos al raso a escuchar a un grupo de cantaores que afinando sus guitarras se disponían a ofrecern una tradicional zambomba navideña. Situados en corro alrededor del fuego que manaba de un bidón cortado a la mitad, nos dispusimos a escuchar villancicos gitanos. Tradición, arte y buena compañía se fundieron en la cima de la colina que sustenta a Santa Petronila. Cubiertos por un manto de estrellas, solamente la hoguera y el foco de luz procedente de Jerez de la Frontera, a cuatro kilómetros de distancia de allí, nos iluminaban.

Al final de la noche muchos de nosotros nos quedamos a dormir en aquel cortijo que, según refleja la inscripción de su fachada, se construyó en 1727 y que ha sido restaurado manteniendo el encanto de sus más de tres siglos de antigüedad. La gran chimenea-gañanía que antaño llamaban hogar, las camas plegables donde los vendimiadores dormían, los capachos donde se acarreaban los racimos y tantos otros elementos ya perdidos en la vendimia moderna allí continúan tan presentes como antes y sin embargo no han prescindido de ninguna de las comodidades actuales. Dotado de hilo radiante, aire acondicionado e incluso una moderna piscina en el lado opuesto del jardín donde su alberca hecha fuente andalusí es un ejemplo de cómo lo antiguo puede perfectamente casar con lo moderno.
Brita Hektoen se enorgullece de haber contribuido a fomentar el desarrollo rural de la zona. Su bodega-cortijo-museo ya ha conseguido la máxima categoría en RAAR (Red Andaluza de Alojamientos Rurales) con 3 Aceitunas y fue seleccionada como Best Practices en el proyecto europeo Eurovinq.

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